jueves, 6 de octubre de 2011




Tengo vencidos los segundos desde que te encontré pero no te pude alcanzar.
Yo quería tocar tu brazo, que voltearas la cabeza, me miraras y me dieras tu mano
o mejor aun, que que te volvieras a buscarme con un presentimiento atravesado
como si el olor anunciara la complicidad que sucedería.

En lugar de eso te vi alejarte sonriendo y rebosando de infancia.
Toda la vida cambió de escenario y sobrevino una feria o un parque de diversiones
donde cada risa me iba hiriendo los costados,
la fascinación que se colaba en los ojos de los niños infinitos desgastaba mis zapatos
y con cada globo que se reventaba, se desinflaba mi corazón sin aliento.

Todo es tan confuso y violento.
El carrusel era la montaña rusa y en cada vuelta caía de nuevo al vacío,
caía sujeta de las crines de yeso pintadas de inocencia desteñida.

Yo solo quería tocar tu brazo y que voltearas a verme,
que pararas a esperarme mientras llegaba hasta a vos.
Pero en un carrusel los puntos son equidistantes y por más que gire ese mundo pintado de luces que se van quemando con los años,
nada avanza, nuestros caballos no pueden encontrarse.

Ahora pienso que quizá nunca te vi,
que eras solo uno de mis reflejos deformado en aquellos espejos mentirosos
o la ilusión de un mago cretino y ursurero,
o tal vez eras el tigre que desde su jaula ensayaba mentalmente las piruetas que le había enseñado su gris domador.